Sancocho, circo

Septiembre 18, 2007 at 1:14 pm (Cara de bolsa)

Este texto fue escrito por un amigo entrañable, querido, admirado… Me permito reproducirlo aquí con su permiso, porque refleja muy bien, palabras más, palabras menos, lo que sentimos algunos venezolanos ante el circo en el cual se ha convertido nuestro país… Aunque como alguna vez le escuché decir a don Pedro Berroeta, Venezuela no es un país, es un territorio con un gentío encima! Claro, él ya estaba jorobado de tanta improvisación…

  

Sancocho, circo

En algún momento Chávez nos hizo creer que, efectivamente, reduciría el tamaño del Estado. Eran tiempos de campaña electoral. De hecho, de la primera campaña del hoy ya candidato profesional. Aquellos que sabíamos alegrarnos ante la sola idea de un Estado reducido a su justo tamaño –una idea que nunca ha gozado de buena acogida en nuestras latitudes-, encargado principalmente del resguardo jurídico de la plenitud de las libertades ciudadanas y de la realización y mantenimiento de obras públicas, nos entusiasmamos con la idea de la reducción de la masa burocrática del Estado. Alegría de tuberculoso.  Hace nada celebramos el cumpleaños de una de estas nuevas instancias de la burocracia gubernamental: el flamante Ministerio de la Alimentación. Se nos dio la oportunidad de ver, una vez más, a la otrora magna Avenida Bolívar, convertida en el Coliseo de los Césares locales, en una fantástica función circense que mereció entrar en el libro de los récords Guinness. Lejos de hornear la torta más grande del mundo –que ya tenemos tiempo poniéndola ¿para qué redundar? el Ministerio de la Alimentación decidió montar el sancocho más grande del mundo ¡Qué arrechos somos! ¡Le tumbamos la marca a México, que la había impuesto en julio de este mismo año! ¡Ahora sí es verdad que vamos palante! Mi venezolanidad se vio hinchada de orgullo patrio, mientras en lo más hondo de mi alma criolla revivía el recuerdo de más de un sancocho en la playa o en la orilla de un río. Quería tener un millón de amigos y así poder toda esa olla vaciar. Los británicos estaban allí, expectantes, registrando el hecho. Quince mil litros de sancocho. Una pelusa, pues. Tengo otro record para los británicos. Si quince mil litros de sancocho los sorprenden, esperen a enterarse de esto. Lamentablemente no han creado un ministerio que pueda encargarse de este asunto. Me detuve a considerar cuántos litros de sangre alberga el cuerpo humano, en promedio. Un individuo de un peso cercano a los 70 kilos –digamos, un peso cercano a la media- contiene unos 5.3 litros de sangre. Si atendemos a ciertas estadísticas que señalan que en nuestro país, durante los últimos 7 años, ha habido aproximadamente unos 60.000 asesinatos –de seguro, han sido más- obtenemos la espeluznante cifra de 318.000 litros de sangre derramada. Esto es, 21.2 ollas de sancocho bolivariano llenas de sangre de venezolanos muertos por la violencia callejera y el hampa desatada, como para poner una junto a la otra en la misma Avenida Bolívar y contemplar el saldo de estos 7 años ¿Qué tal esa cifra para un nuevo récord? Agarren su circo. Y su sancocho.

Daniel Esparza

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Crónicas de viaje (III)

Septiembre 18, 2007 at 10:48 am (Personalisimo)

Hay países que se te quedan en el alma… te sientes como en casa y te provoca regresar cada vez que puedes. Eso me pasa con México… tengo debilidad por el DF con su contaminación, con sus contrastes, con sus problemas… Tan sólo pensar que esa ciudad enorme funciona! mientras nuestra pequeña Caracas es un caos de basura, carros y vendedores informales!

Me apasiona la combinación entre pasado y presente, historia y futuro que puede sentirse en lugares tan apasionantes como el centro histórico y su colosal zocalo. ¿por qué en México todo tiene dimensión pirámide? Los tamaños de edificios, plazas y demás son colosales, rompiendo con las escalas acostumbradas.

Como historiadora del arte no puedo más que delirar ante los deslumbrantes monumentos barrocos, museos y cultura. Pero hay otras cosas más cotidianas que me resultan divertidas. Por ejemplo, los taxis, antiguos y destartalados escarabajos a los cuales se les ha arrancado el asiento del copiloto para favorecer la entrada al vehículo. Después de un rato en el taxi, me preguntaba qué faltaba? y tardé un rato en descubrir que se trataba del dichoso asiento.

El metro tan antiguo, con sus neumáticos y sus ventanas que se abren…por la ausencia de aire acondicionado. Con los vendedores informales que entran al vagón a vender algo por “tan sólo dos pesitos”… o los grupos musicales a los que te provoca pagar pero para que dejen de desafinar! Y lo extraño que resulta esa separación en vagones de mujeres y vagones de hombres.

La comida es exquisita, pero no cometa el error de preguntarle al mesero: Oiga ¿eso pica?… le va a responder: Nooo! y luego cuando pruebe seguro va a pensar que le están tomando el pelo. No sólo pica, es que arde desde la boca hasta el estomágo. En realidad la culpa es mía: no debí preguntar. Obviamente para alguien acostumbrado a comer picante, pues el plato sería algo bastante normal, pero para alguien que no come picante cotidianamente, pues aquello era el camino al infierno. Así que mi recomendación es pedir directamente y sin pena: Señor por favor traigame lo que no lleve picante así sea soso y desabrido!! Por supuesto el camarero le va a poner mala cara, y habrá alguno que dirá, con cierta razón: -bueno si no quiere comer picante para qué viene a México!!

Otra cosa muy llamativa es esa tendencia al besuqueo que podemos ver en calles, plazas, metro, etc. Las parejas mexicanas (de cualquier edad y género) no se cohíben de besarse en todos lados, sin importarles quien los mire. Aquello me parece lindo, sólo que si andas sola y medio depre, acaba por ser un poco atorrante tanto amor a raudales. Media humanidad comiendo carne y tú a puros vegetales!!! Pero está bien, acá somos más recatados o reprimidos! En los ochenta una alcaldesa llegó a prohibir los besos y las demostraciones públicas de afecto en las plazas de su municipio. No sé si desde esa época nos volvimos más recatados en las calles, pero lo cierto es que los mexicanos tampoco llegan a los extremos que se veían en algunas plazas caraqueñas (al menos yo no los ví).

Otra cosa que me llamó mucho la atención fueron las mascotas. Los perros más extraños y de las razas más exóticas los he visto en México. Cada quien saca su mascota a pasear con su respectiva bolsita y pala. Eso se llama orden y no el desastre que vemos en las calles de Caracas… Algo semejante pude ver en Buenos Aires en donde existen paseadores de perros profesionales, que se dedican a pasear diez perros de diversos tamaños bajo contrato. Interesante profesión! a la que me gustaría dedicarme cuando me jubile…!

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