Crónicas de viaje (I)
Recién regresada de un viaje al hermoso Ecuador, me gustaría compartir algunas impresiones…
No es la primera vez que visito Ecuador y su capital Quito. En el 2002 tuve la oportunidad de visitarla, y en aquel viaje las cosas no me fueron muy bien, por lo cual la impresión del país fue bastante regular a mala. Recuerdo que Quito en ese entonces estaba lleno de vendedores informales que tomaban buena parte de aceras y calles, impidiendo el paso vehicular, ensuciando los alrededores y provocando mucha inseguridad entre los pocos extranjeros que nos arriesgabamos a pasar junto a ellos. De hecho, a una de mis colegas le rajaron el bolso, con toda la mala intención de que su contenido se desparramara por el suelo para robarla mejor. Pero no contaron con que la navaja no alcanzó el forro y se quedó sólo en la superficie.
Para colmo de males en ese viaje me enfermé… el clima frío y cambiante, la humedad, una pésima calefacción en el hotel, que además estaba en reformas con mucho polvo en el ambiente, hicieron de las suyas. Pesqué una gripe que me duró más de un mes… Pese al malestar acepté una invitación a pasar el último fin de semana en Cuenca, que ciertamente me dejó gratos recuerdos de una ciudad limpia, agradable, con gente muy amable y hermosas iglesias y museos conventuales a visitar. Quito me había impresionado con sus increíbles iglesias coloniales, pero la ciudad me parecía claustrofóbica, sucia y desagradable. Al punto que llegué a afirmar que el patrimonio era espectacular pero la ciudad era un caos. Y para completar el rosario de dificultades el retorno tampoco fue simpático. En el aeropuerto de Quito se ensañaron conmigo: un par de interrogatorios bastante fastidiosos y luego justo antes de abordar el avión, una revisión de mi maleta acompañada de perros y policías con rostros expectantes por atrapar a la narco del día. Al abrir la maleta y ver libros, me preguntaron con tono de desilusión: “¿sólo lleva libros?”, a lo cual respondí: “¿y que otra cosa quería usted que llevara si ya le dije hasta el cansancio que soy profesora universitaria y vine a dictar una conferencia?” Parecían no entender que una mujer pudiera ser profesora, y pudiera tener algo en la cabeza susceptible a ser escuchado por otros y pudiera viajar a Ecuador sin regresar con la maleta o el estomágo lleno de drogas… A veces los funcionarios dedicados a estos menesteres se olvidan de que tratan con seres humanos y que no todos somos terroristas o narcos en potencia. Pero bueno, acabada la revisión exhaustiva de mi maleta, me montaron en el avión a las carreras, ya que éste esperaba por mi en la pista. Al ser la última a entrar y escoltada por un funcionario, las caras del resto de los pasajeros eran una oda a la desconfianza, se leía en sus rostros: “¿qué será lo que llevaba esta loca que por su culpa estamos retrasados?”… En fin… allí se quedó una familia completita de ecuatorianos, con apariencia de campesinos que buscaban una mejor vida en otro país, a los cuales también los llamaron para revisar su equipaje y que al no encontrarles nada, pues se esmeraron en revisar sus pasaportes e interrogarlos, perdiendo con ello su vuelo. Todo aquello me dejó tan mal sabor en la boca, que juré no regresar a Ecuador.
Pero como todo juramento hace que Dios se destornille de la risa, pues este año recibí una invitación a Ecuador, con todos los gastos pagos. Por semanas estuve pensando y repensando la invitación, explorando mis recuerdos y al final, pues dije que sí, más por los gastos pagos que por un real entusiasmo por volver. De hecho, siempre pido quedarme un par de días, para recorrer por mi cuenta algunos lugares, pero esta vez acepté los días señalados y no quise quedarme ni una hora adicional: dictaría mi conferencia y me marcharía junto a todos los ponentes invitados… Nada de quedarme sola y que luego me tocara pasar por el tormento de aeropuerto con el estigma de “mujer que viaja sola= mula” ….
También opté por llevarme todo mi equipaje “altiplánico”, leáse la ropa con la que acostumbro viajar a lugares extremadamente fríos, además de decenas de medicamentos para el resfriado. Pues debo reconocer que mi disfraz de esquimal funcionó muy bien y más cuando en Venezuela el clima rondaba los 30 grados, llegar a Quito con 17 era un cambio bastante fuerte…
¿qué puedo decir? me llevé la gran sorpresa de que Quito ha cambiado radicalmente. Se ha convertido en una ciudad más vivible, más humana, más agradable, más digna de sus habitantes. Hospedada en un pequeño -y lujoso- hotel del centro, me encontré con calles despejadas, ausencia de vendedores informales (a los cuales han colocado en modernos centros comerciales con todas las comodidades como guarderías para sus hijos, comedores, baños y demás), limpieza en todas partes, monumentos restaurados, iglesias convertidas en espectaculares museos, seguridad en cada esquina al punto que sorprende encontrar personas en las plazas paseando en la noche, en fin… me encontré con otro Quito, que espero los quiteños valoren más y no permitan que bajo ninguna circunstancia les sean arrebatadas estas conquistas! Una ciudad de la que lamenté marcharme sin haber recorrido con más detenimiento la calle La Ronda, sin visitar las cuarenta iglesias y los alucinantes museos. Además de haberme perdido suculentos restaurantes y paseos por los pueblos circunvecinos, o las maravillosas sierras que la rodean.
¿Cómo fue mi regreso? hmmm, sabía que se preguntarían eso. Pues al ir acompañada de uno de los ponentes (hombre…!) , pasé por el interrogatorio de rigor con menos cuestionamientos y miradas de soslayo. Mis maletas cargadas de libros -es inevitable no aprovechar la oportunidad para comprar libros que de otro modo no llegarán jamás aquí- pasaron los controles sin problemas. Pero conocí el caso de una colega chilena que en el mes de enero pasado, optó por quedarse unos días más para visitar lo no visto, y al llegar al aeropuerto se ensañaron con ella al punto que hasta radiografías le tomaron. De nada valió las explicaciones de su perfil profesional: era una mujer que viajaba sola hacia Chile por lo cual era sospechosa! Allí quedó una noche más en Quito, perdió su vuelo y las radiografías demostraron que decía la verdad… Y me pregunto ¿no existirá otra manera de elegir a los sospechosos? ¿no hay otra manera de interrogar sin humillar al viajero? Al menos en mi país te interrogan con una sonrisa, y no con cara de pitbull a punto de saltar a la yugular… Pero ¿por qué a la francesa de ojos azules y cabello rubio que estaba frente a mi no la interrogaron? Ah…. claro, porta pasaporte de la comunidad económica y por ello es una ciudadana, aunque el porte de hippie con olor a marihuana no le llegara al olfato del guardia, mientras yo con mis ojitos castaños, mi cabello negro y mi pasaporte venezolano soy sospechosa de cualquier cosa… De nada vale si llevas ropa que es más costosa que el salario del guardia en un mes, porque lo que vale es que seas mujer y que viajes sola, y que seas “hermana latinoamericana”…. que ya con ello seguro eres narco… No me jorobes!
¿Volveré a Ecuador? Hmmm…. depende… no digo que estas cosas no pasen en otros aeropuertos, pero vaya que por allá son demasiado cotidianas!